miércoles, 27 de octubre de 2021

Parabola de la oveja buscada y encontrada

Parábola de la oveja buscada y encontrada

Lc 15, 1-31


Esta preciosa y muy conocida parábola representa en una imagen la misión redentora del Maestro. La parábola es narrada por Jesús ante un público claramente dividido. De una lado están los publicanos y los pecadores públicos, quienes escuchan a Jesús con alegría. De otro lado,  están los fariseos y los maestros de la ley presentados por Lucas como contradictores y críticos de Jesús por que acoge a los pecadores. 


Así es como Lucas nos hace imaginar el auditorio dividido en dos espacios: en primer plano, están los pecadores, ellos están muy cerca de Jesús, lo rodean, están con los ojos fijos en Él y desean ardientemente escuchar sus palabras. Son admiradores (en el sentido pleno de la expresión) de Jesús y escuchan la voz del maestro. Pero este auditorio tiene unas características que no hacen quedar bien al maestro ante el resto de la sociedad: se trata de aquellos que por su condición de vida eran reconocidos como pecadores públicos: prostitutas, ladrones, usureros, etc. y de los publicanos que eran los cobradores de impuestos para Roma por lo cual eran odiados por la comunidad judía.  


En segundo plano están los fariseos y maestros de la ley, ubicados allí porque según narra Lucas se paran desde lejos para criticar a Jesús, solo alcanzan a ver lo que Jesús hace desde sus prejuicios, desde su mirada sesgada de la realidad, lo cual los distancia de la voz de Jesús y por eso escuchan con dificultad lo que Jesús enseña. Aquí esta el contraste: los pecadores se acercan para escuchar a Jesús, los maestros y fariseo solo ven lo que hace sin escucharlo y se escandalizan de sus actos. Sin embargo, en un giro literario, Lucas nos cuenta que la parábola llega a sus oídos “les decía esta parábola”. Con esta indicación, Lucas nos cuenta cómo Jesús une a todo el auditorio, como si dijera: !atención porque lo que voy a decir tiene que ver con todos ustedes! 


En este primer momento del relato el evangelista nos pregunta primero si queremos escuchar a Jesús o simplemente verlo de lejos, es decir, si nuestra actitud es la del pecador que se siente cerca de Jesús para no perderse ni una sola palabra, o si, al contrario, solo nos interesa ver superficialmente lo que Jesús hace para hacernos una idea de sus actos. Con ello el relato nos obliga a tomar partido dentro del relato.  


Es por ello, que te invito a que nos detengamos en cada una de las palabras de Jesús. Para ello te invito a que leas una vez más el texto sin perderte de una sola coma para que, al meditar, la palabra nos hable con más claridad. 


Un pastor busca su oveja: 


“¿Quién de ustedes que, teniendo…”


“Tener”. El pastor posee un rebaño de cien ovejas. Lo primero que pone de realce la parábola es la pertenencia de las ovejas: no se trata de un asalariado (Jn, 12, 13), es el dueño. (Jn 10, 27). Dios como creador de la humanidad tiene unos hijos, le pertenecemos a Él: “somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño” (Salmo 99)    


“Si pierde una de ellas” 


Perder”. Se trata del pastor que al final del día hace el recuento de sus ovejas y descubre que el número está incompleto. El hombre que se pierde a causa de su pecado. Pero, ¿qué significa perderse? Distraerse, quedarse en el camino, dejar de escuchar el silbido del pastor. ¿Sabes en qué momento te perdiste? ¿Reconoces el momento preciso donde te alejaste del Pastor? 


“No deja las noventa y nueve en el desierto”


Un escucha atento a la pregunta no podría menos que reírse ante tal locura del pastor, quien se olvida de la elemental precaución dejando el rebaño desatendido en pleno desierto (donde se pueden perder todas) en cuanto se precipita en la búsqueda de la oveja perdida. Pero al narrador le parece normal que eso se haga: “¿Quién de vosotros no haría esto?”, dijo Jesús al comenzar la parábola. Hay un énfasis muy especial en el lugar en el cual el pastor deja las 99: en el desierto. 


“Buscar”.


El verbo es el centro de la intención narrativa de Jesús. El pastor busca. La parábola no es solo de la oveja perdida sino del pastor que la busca. Los pecadores que están frente de Jesús se dan cuenta que él es el pastor y ellos la oveja perdida, más aún, que lo importante no es que ellos hayan estado o que aún estén perdidos sino que el pastor las busca. Lo urgente no es tanto señalar que el pecador está perdido como afirmar que el pastor lo busca. El verbo buscar se convierte así en un motivo de la misión de Jesús: él es el eterno buscador del perdido.  


“Cuidadosamente hasta que la encuentra” 


Son dos cualidades de la búsqueda del Pastor. Por una parte, se trata de una búsqueda cuidadosa, no distraída ni desilusionada, la búsqueda es cuidadosa. Por otra parte la búsqueda es incansable: hasta que la encuentra, indica la temporalidad de la búsqueda del Pastor. Podríamos preguntarle al pastor: ¿Cuánto tiempo buscaste la oveja? ¿Un día, dos, un año, toda la vida? Al pastor no le interesa contar cuanto se demoro, cuánto tiempo perdió, cuanta fuerza invirtió solo le interesa buscar con “santa obstinación” hasta que encuentre lo que ha perdido. No hay descanso. La búsqueda es eterna como eterno es el amor del resucitado. 


Pero hay un detalle que el relato no nos cuenta pero que podemos imaginar: el pastor sale a buscar la oveja y deshace el camino que ha hecho durante el día, silva, llama, pregunta a los campesinos que se encuentra en el camino… pero ¿y la oveja? ¿Qué puede hacer ella para ser encontrada? ¿se habrá dado cuenta de su extravío? ¿te has dado cuenta de tu extravío? Y la oveja, ¿hace algo para ser encontrada? Sí la oveja bala, ese será su signo para el pastor. ¿Sabes como se llama tu signo para el pastor?: se llama Clamor. Tu clamor es la señal, tu oración ferviente y verdadera es el gesto que el pastor siempre comprenderá y vendrá en tu ayuda. 


Ora conmigo: 


Señor Jesús, estoy hundido en mi pecado y en mis miedos. No conozco el camino para volver a ti por que y aun no distingo tu voz. Por eso te pido: ven a salvarme. 


“Cuando la encuentra se la pone sobre los hombros”. El pastor vuelve a casa feliz y triunfante. El trato de la oveja encontrada es tierno, el pastor que carga a la oveja y la ayuda en su situación nos recuerda Isaías 40,11: “Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas”.

·      

“Convoca a sus amigos”


El pastor organiza una reunión festiva, está lleno de alegría por el éxito de su búsqueda. Una alegría de estas no se vive sólo, se comparte con los amigos. La aplicación de la parábola Aplicando la parábola a la acción de Dios, podemos reconocer en el celo del Pastor la realización de la profecía de Ezequiel: “Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas” (34,12); y también el anuncio de la misión del Mesías: “Yo suscitaré para ponérselo al frente un solo pastor que las apacentará y será su pastor” (34,23-24). Pero la insistencia de Jesús está en la descripción de la alegría de Dios por el pecador que se convierte: “Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por uno solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión” (15,7).


“Habrá más alegría en el cielo” 


El motivo de la fiesta del cielo es la conversión de un sólo pecador (uno que ha obedecido al llamado de Jesús en 5,32). En contraste con el pensamiento fariseo -que recordamos por un dicho rabínico que habla de la alegría de Dios por la caída de los malos (ver: t. Sanh. 14:10)- Jesús invita a descubrir que la felicidad de Dios es precisamente lo contrario: su salvación. Jesús habla de “más alegría”: el cielo multiplica la alegría. Uno se siente muy contento cuando se reconcilia con Dios, pero la alegría que Dios siente por este mismo acontecimiento es mayor. No quiere decir que Dios no esté contento con los que están sanos y salvos -los “noventa y nueve justos que no necesitan conversión”, sino que su alegría por el pecador que se ha dejado encontrar por el amor misericordioso es superior.


Andrés Saldarriaga R.


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